Extra

Estar despeinada no es tan malo como parece

Hace poco más de una semana decidí tomarme unos días libres del trabajo, unas mini vacaciones, se podrán imaginar los planes que tenía después de 14 meses dedicada completamente a la adrenalina que se vive dentro de una redacción de deportes. Quería salir, bailar, cantar, leer y gritar.

Y así fue al principio, pero con el pasar de los días y con tanto tiempo libre, mi cerebro se dio a la tarea de realizar un intenso análisis sobre mi vida, quizá al verse sin nada más qué hacer decidió concentrarse en estudiar a detalle cada decisión y lógicamente a cuestionarme cada acción.

Ja! Empezó por, disimuladamente, recordarme lo mucho que extraño a mis amigos… conversar con ellos, bromear con ellos, visitarlos, aunque casi nunca lo hacía cuando los tenía cerca, salir por un café o simplemente sentir esa familiaridad al verlos sonreír, casi nada es tan reconfortante como eso.
Inmediatamente me cuestionó el por qué no les llamo o por qué no les escribo sólo para saber cómo están o para escuchar sus planes, sus proyectos y hasta sus problemas, no supe que responderle… todavía no sé qué responderle.

El miserable de mi cerebro no dudo en invitar a mi egocéntrico corazón y ambos decidieron no sólo hacerme extrañar a mis amigos, también a ese pequeño paisito, sí ese, el que sólo tiene acceso al océano pacífico, ese mismo que reúne a las personas más cálidas y nobles que Dios puso en esta tierra.
Sí, estaba oficialmente melancólica. Ya con el peso en mis hombros de extrañar, a mis dos ´enemigos´ les provocó empezar a recordarme esos cientos de proyectos que he planeada o he iniciado con el correr de los años. Algunos de esos proyectos ni siquiera he tenido el coraje de empezarlos los he dejado escritos en algunas páginas de mis cientos de libretas y cuadernos que tengo por ahí en una mesa. Los que logré empezar están en esa misma mesa esperando que me decida a retomarlos.

Y no, no voy echarle la culpa al tiempo por no llevarlos a cabo, voy a tomar yo misma esa responsabilidad y quizá por eso estoy escribiendo este post, para dejarlo plasmado, y para recordar lo horrible que se siente cuando mi cerebro y mi corazón se ponen así de insoportables.

Ya estaba cargando con la melancolía y con la culpa, lo que me hizo recordar que también estaba enojada conmigo misma y también con otras personas, que simplemente no pueden tomar las riendas de sus vidas -no es que yo tomé las riendas de las mía, pero estos son casos extremos- y se conforman con quejarse de ellas.

Entonces encendí la tele, abrí Netflix y no sé cuántas fueron, pero vi más películas que todas las que había visto en mis 25 años.

Esas clásicas donde el tonto se enamora de la rubia, el popular se enamora de la nerd, la madre soltera encuentra el amor en el parque, la hija recibe el más maravilloso consejo de su padre, los mejores amigos se dan cuenta que siempre habían estado enamorados, los esposos se dan cuenta que con amor todo es posible, la madre da una gran lección de vida a su familia, la chica de piernas largas encuentra el trabajo de sus sueños y al hombre de su vida, etc., etc., etc.

Se están imaginando bien, las películas no ayudaron a mejorar mi ánimo, así que pase a escuchar a Arjona que me recordaba que me ´conoce desde el pelo hasta la punta de los pies…´ eso tampoco me ayudó.
Compré, limpié ordené… intente sentarme a escribir en más de una ocasión, pero las palabras simplemente no fluían. Pasaron un par de días así. Discutí con mucha gente, dije cosas que quizá no quería decir, pero quizá debía decirlas.

Mañana regreso al trabajo -gracias a Dios, porque en verdad lo extraño y no me importa que suene cliché-, así que decidí ir al supermercado, salí siendo un reflejo de mi ánimo.
Con el pelo suelto, sin acondicionador, ni crema humectante, ni mouse, ni spray, ni aceites milagrosos… nada. Baje los vidrios del carro y maneje… el viento que entraba por las ventanas era vida, vida pura, era Dios recordándome que todo está bien, que sólo es una etapa, un ciclo, un par de días malos.

Sentir el pelo alborotado en mi cara, verme en el espejo retrovisor totalmente despeinada, me hizo reflexionar que las cosas no son tan miserables como parecen, uno las hace ver miserables, uno pone la mala o la buena actitud, pero para que las cosas vayan bien necesitan cuidados, un poco de trabajo, un poco de atención.

Mañana, prometo que mi pelo se va ver completamente diferente, por qué, porque le voy a poner cuidado, le voy a dar lo que necesita, y no por vanidad sino por salud… Claro, no sólo me voy a enfocar en mi maravilloso pelo ondulado, también en esos amigos, en esos proyectos, en la familia, en mi cerebro y en mi corazón que casi siempre necesitan ayuda.

Pero, es que a veces, y espero que no me dejen mentir, necesitamos tiempo hasta para esto, para estar tristes… porque es la única forma de apreciar la felicidad y la tranquilidad que tenemos al lado.
Y disculpe usted que este post no sea entretenido, ni informativo, ni mucho menos formativo… Pero necesitaba, de cierta forma, compartir esto con ustedes, porque estos días libres no sólo me ayudaron a descansar, también a reflexionar lo mucho que me toca mejorar como persona.

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