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Ella es Marcela, ella es mujer

A Marcela la conocí hace unos cuatro años cuando las dos tomábamos clases de inglés y teníamos poco de haber llegado de El Salvador a Los Ángeles. En esos días ella me contó sobre el dolor de perder un bebé, la preocupación por su salud y el amor que sentía por el que era su esposo.

En el Día Internacional de la Mujer, Marcela Gochez abre su corazón para hablar sobre su historia, una que en sus propias palabras ha estado llena de tristeza, soledad y mucha depresión, pero que también ha encontrado la forma de resurgir llena de luz y paz.

Ella es Marcela

“Yo crecí triste, porque yo creía que nadie me quería”, dice Marcela, mientras endulza su café. “Yo vengo de una familia desintegrada, mi mamá se vino (a Estados Unidos) cuando yo tenía cinco años. Crecí de un hogar a otro, con tíos, con hermanos, con otra tía, entonces, yo crecí triste”.

Marcela sintió, aún siendo una niña, el abandono y la soledad.

“A los cinco años mi mamá me deja donde una tía en Usulután, me deja engañada porque me dice que va a comprar mis piñatas para mi cumpleaños y nunca regresa”, recuerda Marcela, que confiesa que desde entonces asociaba su natalicio con mucha tristeza.

Marcela sintió un vacío y pasarían más de dos décadas antes que pudiera llenarlo.

Antes de cumplir 10 años, descubrieron que Marcela había sido víctima de abuso sexual, por lo que su tío paterno decide llevársela a vivir con él, donde ella sintió un apoyo que nunca antes había experimentado.

“A esa edad entré en mi primera depresión, dejé de comer y dejé de hablar. Yo no se lo dije a nadie, porque quizás no tenía la confianza de decirlo a nadie, hasta que la esposa de mí tío me llevó al médico”.

Asistió a terapia para tratar de superar el trauma, que meses más tarde tuvo que abandonar cuando el psicólogo le recomendó una sesión familiar.

Al llegar a la adolescencia Marcela intentó llenar ese vacío que venía acarreando desde hacía años, pero no lo logró.

“Yo me dediqué a tener novios, a buscar el amor de una persona, porque yo me quería sentir querida. Yo no me sentía bonita, yo me sentía triste, sola y nunca tuve suerte con los novios, siempre elegía mal”, cuenta Marcela, ahora de 33 años.

La desesperación y la soledad la llevaron a cuestionar a Dios. “Yo le preguntaba a Dios por qué me dejaste nacer si nadie me iba a querer, por qué yo tengo que andar rodando”, relata.

Marcela continuó mudándose y extrañando el amor de su familia, sobre todo de su padre, a quien ella describe que veía como alguien inalcanzable que por una razón inexplicable ella sentía que no podía amarla.

“En el 2007, empecé a trabajar en un compañía de teléfono y ahí conozco a mi expareja y sí, me enamoré completamente. Curiosamente, el motivo que nos unió fue un bebé. Recién empezando la relación quedé embaraza y perdí el bebé. Tuve un embarazo ectópico, se tardaron mucho en atenderme, entonces mi trompa explotó y no sólo perdí la trompa izquierda, también a mi bebé”, cuenta Marcela, a quien ese mismo años le habían diagnosticado un tumor en la cabeza, que le ocasionaba fuertes dolores.

Dos años más tarde, ya cuando vivía con su pareja en la casa que su madre les había habilitado para que hicieran su vida, Marcela descubre, en diciembre del 2009, que el hombre que ella amaba le era infiel.

“Él se fue de la casa, me dijo que ya no me amaba y yo caí en una fuerte depresión, pero como tres meses después me salieron los papeles (para residir en Estados Unidos) y tenía que venirme”.

Marcela reconoce que sufrió la separación, que lloró ante la decisión de tener que dejar el país que la vio nacer y que esperó hasta el último minuto a que él llegara a despedirla, pero eso no sucedió.

“Ya estando acá retomamos el contacto y como yo lo amaba no me costó y lo perdoné. Yo vine (a Los Ángeles) el junio del 2010 y diciembre del 2010 yo me regresé a El Salvador a casarme con él para meterle los papeles (de residencia en EEUU)”, dice.

Marcela describe el día de su boda, un 5 de enero del 2011, como un día lleno de ilusión y felicidad. “Mi papá era mecánico, pero ese día llegó arreglado y con saco porque me quería entregar y yo no lo podía creer, era tan feliz de verlo conmigo, ahí. Fue un día especial, lleno de alegría”.

Caracterizada por un carácter luchador e invencible, Marcela, regresó a Estados Unidos con el objetivo de trabajar duro para poder emigrar a su esposo. Y así lo hace, trabaja sin parar por un año y medio para poder iniciar al proceso y pronto reunirse con el hombre que ella había elegido para compartir su vida, pero el destino tenía otros planes.

“Cuando voy un año y medio después, de la boda, él ya me recibe con desprecio y humillaciones”, comenta Marcela, quien días más tarde descubre que su esposo continuaba con la relación extramarital que ella había descubierto en 2009.

Marcela, regresa una vez más a Los Ángeles, pero esta vez llena de desilusión, con su mundo hecho pedazos y otra vez, llena de dolor.

“Lloré como no tienes idea. Me regresé y me dediqué a trabajar y cansarme lo más que pudiera para no pensar, el dolor era demasiado”.

Marcela no quería volver a El Salvador, a enfrentar la realidad de pedirle el divorcio a su esposo, a pesar del constante deseo de su padre de querer verla.

Pasaron casi dos años hasta que, en octubre pasado, Marcela recibió una llamada de su hermano que le comunicó que padre acababa de fallecer.

“Todo se me vino encima porque me acorde cuando él me pedía que fuera”, dice Marcela, sin imaginar que su vida estaba a punto de cambiar.

Una nueva mujer

Marcela Gochez, una guerrera de la vida. (Iliana Salguero)
Marcela Gochez, una guerrera de la vida. (Iliana Salguero)

“Cuando yo voy a El Salvador a enterrar a mi padre me doy cuenta que él había entregado su vida a Dios y ahí yo conozco el amor de Dios y yo siento una paz que nunca antes había sentido”.

Marcela confiesa que fue en ese momento cuando entendió que todo el sufrimiento que había cargado toda su vida había valido la pena.

“Yo viví 32 años triste, tengo apenas seis meses de vivir con una felicidad que ni yo me explico y que nunca había experimentado”, dice Marcela, que ahora entiende que Dios tiene preparadas cosas grandes para ella.

Marcela es una mujer nueva, renovada, llena de luz, su sonrisa contagia, ilumina y es el ejemplo de que adversidad se puede superar.

“Dios se basó en la muerte de mi papá para cambiar mi vida. Mi cambio es por Dios, por Jesucristo y por el Espíritu Santo”, dice la mujer que hace meses no experimenta un dolor de cabeza.

Ahora Marcela sonríe, está libre de dolor y llena de sueños. Ahora Marcela es más fuerte que nunca, está atravesando su proceso de divorcio y está lista para disfrutar de su nueva vida.

Marcela confiesa que no guarda rencor, que cada experiencia que vivió es algo preciado para ella porque la han llevado a conocer el amor de Dios, que ahora inunda su vida de dicha.

De esa vida llena de tristeza, Marcela conserva un sueño y hoy está más segura que nunca que se volverá realidad.

“Mi sueño es formar una familia, como nunca lo tuve es lo que más deseo. Quiero encontrar un esposo emprendedor y que todos los días se esmere por conquistarme. Hoy ya no busco un hombre que me haga feliz, sino un hombre con quien compartir mi felicidad y Dios me lo va dar”.

Hoy Marcela es una nueva mujer, hoy Marcela es sinónimo de fe.

Ella es Marcela, ella es mujer y como todas ha encontrado la fuerza, la fe y la determinación para superar el dolor, sanar y volver a iluminar el mundo con su existencia. Tu también puedes ser Marcela.

Marcela ahora es una mujer llena de luz y felicidad. (Iliana Salguero)
Marcela ahora es una mujer llena de luz y felicidad. (Iliana Salguero)

Feliz Internacional de la Mujer

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