La mujer de la eterna sonrisa

La última vez que conviví con ella -hace ya más de tres años- me enseñó todas sus fotos. Las de sus hijos, de sus nietos, de su nieta y de sus hermanos. Los nombró a todos, a pesar de que los años ya pasaban factura por su memoria.

Por las noches, cuando no podíamos dormir se ponía a contarme de sus andanzas por la vida hasta llevarme a las carcajadas.

Por la mañana, cuando aún todos dormían, ella barría la calle y preparaba el desayuno.

A la una en punto de tarde, un joven sin casa ni comida iba hasta su puerta con un plato y un vaso vacío.

Ella sonriendo, llenaba de agua y comida los recipientes y antes de que se marchara le pedía que se cuidara y regresara al día siguiente.

Por las tardes salía al andén de la casa, se sentaba y saludaba a quien pasaba por la transitada calle de aquel pueblo siempre colorido y ruidoso. “Adiós hermana Vilma”, gritaban con frecuencia.

Y de vez en cuando alguien se paraba en la reja a contarle sus problemas. Ella siempre escuchaba y aconsejaba hasta donde le era posible.

No faltaba quien le contara de algún mal que le aquejaba y ella recomendaba tés y remedios.

Le encantaba cuidar sus plantas y recordar lo que su mamá le había enseñado. También le encantaba visitar el mar y Termos del Río.

Amaba a sus hijos y sobre a todo, a sus nietos. Con frecuencia decía que eran “la corona de la vida”.

Nunca se enojaba. Siempre tenía una sonrisa para dar.

Hoy llegó la noticia de su partida e inmediatamente recordé todo lo anterior. Experimenté un sentimiento ajeno a mí, el dolor de perder a un ser querido.

Y el no haber estado ahí acrecienta el sentimiento.

A veces creemos que la distancia nos quita el privilegio de llorar, pero no, al contrario, nos da más razones para hacerlo.

En mi corazón se quedan sus bromas, sus consejos y sus atenciones.

Su sonrisa interminable. Sus comentarios sinceros. Su sazón en la cocina. Y esos abrazos apachurradores.

Nunca dudó en abrirnos las puertas de su hogar y compartir su espacio con nosotros cuando lo necesitamos. Siempre estaba dispuesta a que cuando uno llegaba a su casa se fuera contento y bien comido.

Tía Vilma, volver a El Salvador ya no va a tener el mismo significado desde hoy. Su ausencia va a doler siempre. Su recuerdo nos acompañará en cada rincón de esa casa, de esa esquina y de ese pueblo.

Cada Navidad, cada Año Nuevo, cada cumpleaños, cada reunión familiar y cada momento importante de nuestras vidas, su sonrisa y su eterno cariño estará con nosotros.

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Un comentario en “La mujer de la eterna sonrisa

  1. roxana dijo:

    Que bonito te expresas dé ella sé entiende que la quisistes mucho lamentablemente la vida la tenemos prestada sí sé sufre mucho me imagino que dios en gloria la tenga y tú adelante los que nos quedamos tenemos la vida sigue aunque con dolor por perder a nuestros seres queridos bendiciónes

    Me gusta

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