#MiDiario·50 mil cosas

Perdóneme, señor lector

No es fácil amar esta profesión como se ama. Créamelo.

A veces uno piensa que unas simples palabras puede cambiar al mundo. Hacerlo reflexionar, a usted y a mi.

Desde mí escritorio, del escritorio de mis colegas, donde se cocinan lo que usted va a leer, sueño con ayudar a mejorar este mundo, sí, aunque suene cliché, anhelo poder liberarlo del dolor, de la injusticia, de la pobreza, de eso mismo que usted lo quiere liberar.

Sí, señor lector, aunque usted no lo crea. Mi único objetivo es informarle, tratar de ayudarle a resolver un problema o a evitar que se meta en uno. Yo solo quiero que usted tenga todos los datos que necesita y se cree su propia opinión.

Yo quiero que usted se una a mi causa. Que me ayude, que no se dé por vencido, que no deje de soñar.

Me encanta hablarle de esas historias humanitarias, de gente que ayuda a otra gente. De gente que sobrevive a la adversidad.

Lo que más me gusta es darle buenas noticias, muero por contarle que la guerra acabó, que en el mundo ya no hay niños muriendo de hambre o explotados, ni inmigrantes buscando refugios en países fríos y ajenos. Tampoco mujeres tratadas como objetos. Quisiera contarle que ya no hay deforestación y que ningún animal está en peligro de extinción.

Me emociona cuando me toca contarle que su equipo de fútbol ganó. Decirle que un jugador consoló a otro tras una dolorosa derrota o que algún atleta rompió un record mundial.

En pocas palabras, me gusta verlo sonreír. Disfruto hacerlo feliz.

Pero, perdóneme, señor lector. No he podido cumplir sus expectativas, tampoco las mías.

Perdóneme por darle noticias poco alentadoras y a veces hasta superficiales.

Disculpe por informarle sobre políticos llenos de odio, de avaricia y sedientos de poder. Perdóneme porque mis letras no han podido encontrar a su hijo desaparecido, ni han podido evitar la violación de su sobrina o la muerte de su tío migrante. Tampoco han logrado reducir los índices de violencia en su país o la hambruna en muchos otros.

En verdad, perdóneme, señor lector.

A forma de penitencia le prometo no rendirme, prométame usted lo mismo, seguiré peleando con mi pluma y mi papel, mis mejores armas, no guardaré silencio hasta que este sea un mundo mejor.

Perdóneme, señor lector, pero algún día cumpliré sus expectativas y las mías también.

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