50 mil cosas

¡Que viva la vida!

Hace un mes en una cita médica de rutina el doctor me dijo que algo había salido mal en mi examen de sangre y que había que hacerme unos estudios para saber qué estaba pasando.

No saben lo que sentí en ese momento. La incertidumbre se apoderó de mí.

Salí del doctor llorando, llena de miedo. No podía dejar de pensar en mi mamá, en mis hermanos, en mi novio y en la boda.

Llegué a mi casa y le conté a mi mamá, trató de tranquilizarme, pero mi mente no dejaba de imaginar todos los posibles escenarios.

“Sea lo que sea lo vamos a enfrentar”, dijo mi mamá.

Carlos (mi novio) me dijo lo mismo, lleno de fe me aseguró que no me preocupara, que todo iba a estar bien.

Yo pensaba en nuestra boda, nuestros planes, en la vida que durante meses hemos planeado. Mi corazón se aceleraba y un nudo me tapaba la garganta.

Traté de pasar los días con normalidad, tratando de no pensar tanto en eso y de ser positiva, pero me era difícil.

Cada cosa que pasaba me hacía pensar en qué pasaría si estuviera enferma.

Fuimos a buscar apartamento para mudarnos con Carlos y pensaba en si iba a tener la salud para disfrutar de nuestro hogar.

Con mi mamá siempre vamos juntas a hacernos mani y pedi y es uno de los mejores momentos que compartimos como madre e hija, bromeamos, reímos y nos disfrutamos. En esos días de incertidumbre estábamos en el salón y no podía imaginar qué iba a pasar con mi mamá si a mí me pasará algo, con quién iba a compartir esos momentos.

Veía a mi hermano mayor y pensaba en lo mucho que lo iba extrañar, veía a mi hermano menor y pensaba en que casi nunca le digo lo mucho que lo quiero.

No podía dejar de pensar, a pesar de considerarme una mujer de fe, no podía dejar de tener miedo.

Un día, llegando al trabajo no pude más y me solté a llorar en el carro. Le pedí a Dios de corazón que no permitiera que tuviera nada grave, que fuera lo que fuera me sanara, que me diera salud para vivir y sabiduría para poder aprovechar la vida.

Estuve en el carro unos quince minutos y después entré al trabajo. Sentí un gran alivio, sentí tranquilidad. Empecé a pensar en positivo y a tratar entender que Dios no me iba a dar algo que no pudiera manejar.

El jueves pasado tenía que ir a los exámenes. El miércoles por la noche le dije a Carlos que tenía miedo, él me dijo “recuerda, las personas que tenemos fe, no tenemos miedo. Pase lo que pase vamos a estar juntos”

El sábado me llamaron para decirme que tenía pasar por los resultados.

Una alegría inmensa invadió mi cuerpo cuando la doctora dijo que no tenía nada grave.

No tengo palabras para agradecer a Dios por darme salud, por no permitir que tuviera nada grave.

La enseñanza que me ha dejado esto es empezar a vivir, a disfrutar de cada día, de cada detalle, a aprovechar cada momento y de ver cada segundo como una oportunidad. A hacer lo que quiero hacer.

Les pido que amen mucho, que rían a carcajadas, que no dejen de soñar, que hagan lo que quieran, que ayuden a los demás y que sean felices.

 

¡Que viva la vida!

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